¡Que te vas a herniar!

21 octubre, 2008

Abran bien sus pupilas y contemplen en acción al compañero con quien he tenido el honor de compartir la carga de trabajo. Ahí esta el tío, dándolo todo; qué gran ejemplo de diligencia, esfuerzo y perseverancia. Y es que ya sabemos el trabajo dignifica y el compañero en cuestión es muy digno, de hecho, yo diría que es más digno de nadie. Abrumado ante tanta laboriosidad, yo no hago más que decirle “pero hombre, para ya, que te vas a herniar”, sin embargo, él ni se inmuta y sigue firme en su puesto, dándome toda una lección de clase y pundonor, ¡qué grandeza!.

Por otra parte, he de decir, que desde esta semana la situación ha cambiado, tras una intensa charla con el jefe del departamento sobre mi sorprendente y enorme parecido con el pito de un sereno.


Huevos y piedras

14 octubre, 2008

Últimamente estoy un poco quejica con todas las visicitudes que derivan del hecho de estar ubicado en tierra de nadie, como pueden comprobar en los posts anteriores. Sin embargo, no todo van a ser desventajas, pues en esta vida, a veces se cumple eso de los últimos serán los primeros. Y es que precisamente, hoy, la gran sede, de la que mi departamento sufre destierro, ha sido visitada por una numerosa congregación de ciudadanos que ha manifestado su aprecio y fervor hacia nuestra querida Administración con una gratificante lluvia de piedras y huevos, lo que a su vez ha dado lugar a presencia policial, montándose una estupenda fiesta de convivencia entre Administración, administrados y fuerzas del orden a la cual mi departamento no ha sido invitado, cosa que agradecemos enormemente, dado que somos un poco tímidos y no nos desenvolvemos bien en este tipo de fiestas salvajes.


Desde la ventana

7 octubre, 2008

Lo de estar en tierra de nadie sigue siendo fuente de peculiaridades. Formamos parte de un bloque de vecinos y mi ventana da al patio. Siempre había estado en dependencias puramente administrativas y se me hace raro trabajar con los detalles cotidianos de un patio de vecinos: el olor a albondigas caseras, las voces de las madres llamando a sus hijos, etc. Así que quiero aprovechar la ocasión para saludar afectuosamente a la señora mayor que se me queda mirando cuando tiende la ropa. Nuestras miradas se han cruzado más de una vez; ella cuelga en el tendedero los calzoncillos de su marido mientras yo me peleo con la burrocracia administrativa; ambos estamos atrapados en extraños giros del destino, bromas de mal gusto que nos gasta la vida; por eso siento un vínculo especial con ella y desde aquí le mando un abrazo a la par que le recuerdo que ya va siendo hora de regar el ficus, que tiene las hojas amarillas.