Como caído del cielo

17 marzo, 2008

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Voy al grano: en el edificio donde estoy se ha caído un trozo de techo y ha espachurrado un monitor. Lamentablemente, no me ha sido posible fotografiar tan estimulante acontecimiento, pues la dirección ha procurado darle rápida solución al asunto y que no trascienda demasiado, pero me lo ha confirmado quien ha tenido que recoger el trozo de techo.

Esto me ha dado que pensar, ¿y si hubiera caído sobre mi cabeza?, ¿acaso hay mayor honor que morir en tu puesto aplastado por un trozo de techo, en estos tiempos tan modernos de administración electrónica?. Los sesos esparcidos sobre los expedientes, ¡qué gran oda a la dedicación!, sería una especie de mártir administrativo, incluso podría llegar a santo (San Funcionata) y haría milagros, como por ejemplo que las fotocopiadoras no atrancasen el papel, que el techo no se caiga o convertir el café en vino.

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Hilo musical

12 marzo, 2008

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La nueva ubicación laboral está dando mucho de sí, pues se trata del mismísimo infierno en la Tierra. En la foto pueden apreciar un ente cubierto por una elegante capa de uralita; se trata de un compresor, ¿para qué sirve? para comprimir, ¿el qué? ni idea, pero el caso es que este objeto situado cerca de mi ventana, durante unas 5 horas al día produce una encantadora melodía similar al ruido de motor de un camión viejo. Así todos los días. El volumen en decibelios es elevado, por si se te ocurre cerrar la ventana, que puedas seguir disfrutando.

Tan constante y agradable sonido ha logrado despertar una parte dormida de mi cerebro, y ahora cada vez que lo escucho, oigo “redrum, redrum, redrum, …” y me entran ganas de matar. Gracias Administración, ahora lo veo todo claro.


Embriagador aroma a ajo

5 marzo, 2008

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Hoy hemos descubierto una ventaja adicional del nuevo despacho (en el mismo complejo, pero en otro edificio) al que hemos sido trasladados recientemente. Como ya sabrán por post anteriores, no es precisamente una ubicación por la que puedan correr caballos, lo que nos lleva abrir la ventana para combatir la sensación de hacinamiento. Craso error.

Dado que mi sede administrativa se ubica a las afueras de la ciudad, al parecer, cerca hay un sitio donde se dedican a la noble tarea de almacenar ajos. Efectivamente, ya habrán podido adivinar qué ventana tiene la orientación perfecta para apreciar en toda su plenitud tan embriagador y afrodisíaco aroma. Así que, envídienme todos porque no hay nada más agradable que abrir la ventana de un despacho cargado, en busca de una bocanada de aire fresco, y recibir un bofetón a ajo en todo el careto.

Otro hecho colateral es que, dado el parecido de este olor con otros tan suculentos como el de halitosis o sudor, cada vez que alguien entra al despachillo, pone cara de “vaya par de guarros que no se lavan”, lo que me lleva a explicar una y otra vez que es culpa de los ajos, esperando fervientemente que me crean.

Esta tarde, cita obligada con la glamourosa tienda de los chinos para comprar ambientadores a granel.