El día en que mi compañero empezó a decir a todo el mundo que no tiraran las cajas cartón, sino que se las dieran a él porque le podían servir, no alcancé a comprender la maginitud y consecuencias que este hecho traería consigo y como afectaría a mi vida administrativa.
El personal de la Administración es gente de bien y con buen corazón, por lo que no dudan en ayudar al necesitado. De este modo, empezaron a llegar cajas de cartón, una tras otra, y cuantas más llegaban, más quería el compañero. Jamás se ha llevado una a casa, así que tenemos la oficina llena de cartones, con el consiguiente realzamiento de imagen que esto supone; de hecho, estoy pensando en recostarme sobre los cartones con una gabardina sucia y una botella de vino barato, cual vagabundo, para no desentonar en tan bizarro paisaje.
Estamos tratando de tener comprensión, porque el compañero está enfermo por el síndrome de Diógenes laboral (sólo le pasa en el trabajo, su casa la tiene como una patena); eso sí, el día menos pensado vendo los cartones al peso y me saco un sobresueldo.
Publicado por jarto
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